La Plaga Justiniana. La peste que asoló al imperio

Siglo VI dC. Constantinopla era la flamante capital del renovado y esplendoroso Imperio Romano o imperio Bizantino (hasta el siglo V dC, mientras la parte occidental existió, el otrora Imperio Romano de Oriente), cuyos territorios se extendían desde Egipto y el Próximo Oriente hasta el sur de Hispania.

El próspero Imperio era gobernado por el emperador Justiniano, el llamado César Flavio Justiniano, Alamánico, Gótico, Franco, Germánico, Ántico, Alánico, Vandálico, Africano, Pío, Feliz, Renombrado Conquistador y Triunfador, Siempre Augusto. 

Mosaico de Justiniano, en Rávena (Fuente Wikipedia)

Pero en el año 541 dC algo cambió, con terribles consecuencias. El Imperio Romano, 300 años después de las plagas Antonina y Cipriana, se enfrentaba de nuevo a una nueva epidemia que resultaría mucho más mortífera que las dos anteriores: se trataba de la Plaga Justiniana.
En efecto, durante el reinado del emperador Justiniano (527-565 dC), tuvo lugar uno de los peores brotes de peste que jamás ha existido, cuyos devastadores efectos se prolongaron durante más de 200 años; antesala de la conocida y aún más terrible Peste Negra del siglo XIV.

Como hoy con la pandemia de la Covid-19, la plaga Justiniana también tuvo su origen en China, además del noreste de India. Aprovechando las activas rutas comerciales terrestres y marítimas que comunicaban con el Este, la peste (Yersinia pestis) entró en el Imperio Romano a través de Egipto. 

Un año después, en 542 dC, dicha plaga ya hacía estragos en la Capital, Constantinopla, situada estratégicamente en la encrucijada de las rutas comerciales con China, Medio Oriente y África del Norte. De la capital se propagó rápidamente por todos los confines del imperio.

Su medio de transmisión era través de la rata negra (Rattus rattus), que viajaba tanto en los carros como sobretodo en los barcos que cargaban grano, aceite, marfil y esclavos a las principales ciudades el imperio. El grano, almacenado en grandes almacenes, proporcionó un caldo de cultivo perfecto para las pulgas y ratas, pues era su comida favorita. Donde iba el comercio, también iban las ratas, las pulgas y la peste.

El comercio no fue el único medio de propagación de la enfermedad por todo el Imperio Romano, la guerra jugó también un importante papel. 
Justiniano, de la mano de su triunfante general Belisario, pasó los primeros años de su reinado luchando y derrotando a un sinfín de enemigos, los ostrogodos por el control de Italia; los vándalos y bereberes por el control del norte de África; así como defenderse de los francos, eslavos, ávaros y entre otras tribus bárbaras. 

Los equipos de suministros que apoyaban los esfuerzos militares actuaron como medio de transmisión para las ratas y las pulgas que transportan la peste. 

Paralelamente, según señaló el historiador Procopio de Cesarea -cuyo libro Historia secreta representa la principal fuente escrita de información sobre el periodo del reinado de Justiniano-, durante aquellos años tuvo lugar en el sur de Italia un pronunciado cambio climático, registrándose episodios de nieve y heladas en pleno verano, con temperaturas por debajo del promedio así como una disminución de la luz del sol. Ello afectó a las cosechas, provocando una escasez de alimentos, con sucesivas revueltas sociales, lo que forzó a la migración de miles de personas hacia otras regiones. Acompañando a estos migrantes hambrientos se encontraban ratas infectadas por la peste y plagadas de pulgas. Todo ello facilitó la rápida propagación de la epidemia, afectando a casi la mitad de la población del imperio.

Procopio de Cesarea ( Fuente Wikipedia)

Procopio, describe los efectos que sufrían las víctimas de la peste, con delirios, pesadillas, fiebres e hinchazones en la ingle, axilas y detrás de las orejas. Según el historiador clásico, numerosas víctimas sufrían durante días antes de morir, mientras que otras morían casi inmediatamente después del inicio de los síntomas. Procopio, como tantos otros, culpó de la pandemia al mismo emperador, declarando que era un demonio y estaba siendo castigado por Dios por sus malos caminos.

Baños de agua fría, polvos «bendecidos» por santos, amuletos y anillos mágicos así como varias drogas eran los primeros remedios caseros que se usaban como tratamiento de la plaga. Al ser del todo ineficaces, las personas recurrieron a los hospitales o se vieron sometidas a cuarentena. No obstante, aquellos que sobrevivieron quedaron inmunizados, gozando de buena salud.
La plaga estaba tan extendida que nadie estaba a salvo; incluso el emperador contrajo la enfermedad, aunque se salvó. 

La situación estaba fuera de control. Los cadáveres cubrían las calles de la capital. Por ello, Justiniano ordenó a las tropas que ayudaran en la gestión de los muertos, cavándose fosas funerarias y trincheras para manejar el desbordamiento. El Imperio Bizantino era cristiano y con el cristianismo la incineración cayó en desuso a favor de la inhumación, lo que agravó aún más la situación: los cuerpos fueron desechados en edificios o arrojados al mar. 

Este dramático episodio debilitó mucho al Imperio bizantino, tanto en términos políticos como sobretodo económicos. 

La drástica disminución de la población afectó gravemente al ejército, que tuvo grandes dificultades para reclutar y preparar nuevos soldados y con ello, la capacidad del imperio para resistir a las incursiones de sus enemigos se debilitó notablemente, traduciéndose en una progresiva pérdida de los territorios a manos de Lombardos en Italia o África y Medio Oriente por parte de los árabes. 

Tropas sarracenas derrotando a los bizantinos en Creta (Fuente: Wikipedia)

El comercio se vio interrumpido y el sector agrícola (el principal sector en la antigüedad) quedó devastado. Ello significó menor producción de grano, elevado aumento de los precios al mismo tiempo que los ingresos tributarios se redujeran. Las estructuras económicas y administrativas del imperio comenzaron a colapsar.

Con todo, el Imperio Romano continuo, ya sin tanta gloria y territorio, 800 años más,  languideciendo paulatinamente.

*Procopius cuenta en su Historia secreta de casi 10,000 muertes por día solo en Constantinopla. Historiadores modernos reducen esta cantidad a 5.000 muertes por día. Ello significaría entre un 20-40% de sus habitantes. En todo el resto del imperio, casi el 25% de la población murió con estimaciones que oscilan entre 25 y 50 millones de personas en total.

Bibliografía:

  • Baras, C. «The Year of Darkness.» New Scientist, vol. 221 / January 18, 2014, pp. 34-38.
  • Hadhazy, A. «Plague Prequels and Sequels.» Natural History, vol. 122 / March 2014, p. 6.
  • Harbeck, M. et al. «Yersinia pestis DNA from skeletal remains from the 6th century AD reveals inisghts into Justinianic plague.» PLOS Pathogens, vol. 9 / May 2013, pp. 1-8.
  • Orent, W. Plague. Free Press: New York, 2004
  • Rosen, W. Justinian’s Fleas. Penguin Books: New York, 2007

Víctor Bertran
www.limes.cat

Acerca de Víctor Bertran

Víctor Bertran Cortada (Barcelona) es empresario, Licenciado en ADE por la Universidad de Barcelona, Master en Dirección de Marketing por la Universidad Pompeu Fabra. Es un apasionado y estudioso de la Roma Clásica y todo lo que la relaciona hasta nuestros tiempos, en especial de la Antigua Roma. Ha viajado por todo el Mediterráneo y Europa siguiendo las huellas del mundo antiguo, con mención destacada con el Imperio Romano, visitando y estudiando numerosos yacimientos arqueológicos. Imparte conferencias y cursos relacionados con el mundo clásico en diversos centros culturales. Publica periodicamente articulos en varias revistas especializadas en historia, como Antrophistoria.
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